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Ojos bien abiertos para detectar tendencias suicidas: ‘bola de nieve’ que debemos detener

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Ojos bien abiertos para detectar tendencias suicidas: ‘bola de nieve’ que debemos detener
Miércoles, 03 Julio 2019 12:41
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De acuerdo con el más reciente informe sobre el nivel de violencia y mortandad en Colombia, elaborado por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses y el Grupo Centro de Referencia Nacional sobre Violencia- en 2018 se registraron 2.410 casos de suicidio en todo el país, siendo esta la cuarta causa de muerte y la segunda en el deceso de jóvenes y menores de edad.

 

Según el documento, publicado hace una semana y titulado ‘Forensis, Datos para la Vida 2018’, en los últimos cinco años, la tasa de suicidio se ha elevado de 4,53 a 5,93, por cada 100 mil habitantes en un período desde 2009 hasta 2018, lo que representa actualmente el 10,4 % de las muertes por causa externa y no natural.

 

El mismo análisis indica que este problema de salud pública se presenta sobretodo en la población joven, el 43,36% entre 20 y 39 años de edad, lo cual concuerda con lo establecido en el Informe Regional presentado por la Organización Panamericana de la salud, respecto a Suramérica. Lo dicen las autoridades, lo indican los medios. Por eso hay preocupación a nivel general y la intención en la Universidad Autónoma del Caribe es aportar soluciones desde nuestro programa de Psicología.

 

Más datos, incluyendo 2019.

Según el Ministerio de Salud, y con relación al estudio antes mencionado, la tasa de intentos de suicidios en el Atlántico es la más alta de la región Caribe, con un 60.7%, siendo Juan de Acosta, Ponedera, Puerto Colombia y Usiacurí los municipios con mayores cifras en este sentido. Al Atlántico le siguen Cesar, con un 55.6, y la Guajira, 21.2. 

 

En cuanto a los casos más recientes, en marzo de este año, diferentes organizaciones no gubernamentales -en Colombia- prendieron las alarmas por los crecientes casos de suicidio en el país y pidieron al Gobierno diseñar y poner en marcha una estrategia para detener dicha ‘bola de nieve’.

 

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Aunque estos hechos se han dado desde mucho antes, la muerte de Sergio Urrego –el estudiante de bachillerato que se suicidó en 2014, en Bogotá, debido a la discriminación que sufrió en su centro escolar, por su orientación sexual- hizo que las autoridades pusieran la lupa sobre este mal que, ahora, más que nunca, se debe analizar desde varios frentes.

 

Días antes de haber sido emitida esta petición, dos estudiantes del Instituto Técnico Superior de Pereira se suicidaron y uno de ellos dejó una carta, en la que anunciaba que otros 10 del mismo colegio también lo harían. Después, una menor de ese plantel escribió en una red social 'sigo yo'. De inmediato fue intervenida psicológicamente.

 

Una semana antes de lo sucedido en la Capital de Risaralda, otro joven intentó acabar con su vida tirándose al vacío desde la azotea de un centro comercial, en Bogotá. Los casos más recientes, en Barranquilla, se dieron durante la última semana de mayo, este año -ambos hombres, ocho días después de que Juan Carlos Hoyos se lanzara del Puente Pumarejo, por problemas económicos-.

 

No hay claridad en la causa.

Al suicidio se le ha vinculado con padecimientos como el trastorno bipolar, postraumático o el de límite de la personalidad; depresión, consumo de drogas o alcohol y hasta con la esquizofrenia, pero no siempre quien está deprimido se suicida ni quien es más alegre ama la vida. No se sabe quién tiene esa tendencia. Lo único cierto es que hay señales del comportamiento que permiten identificar quién tomará ese camino tarde o temprano.

 

De hecho, Natalia Suárez Cohen, psicóloga y especialista en neuropsicopedagogía, dice estar 100 por ciento segura de que “una persona con tendencias suicidas -de alguna manera- las expresa. Tenemos que identificar los patrones. Hay que ser muy analíticos, críticos para leer a la persona, a través de sus comentarios y sus actitudes”, advierte.

 

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Suárez, también magíster en Educación, ejemplifica con un caso reciente en Bucaramanga, “en el que un adolescente hizo un trabajo escrito sobre el suicidio y terminó haciéndolo”, agrega la docente del programa antes mencionado, adscrito a nuestra Facultad de Ciencias Sociales y Humanas.

 

Para Daniel Jiménez Prestan, psicólogo, también docente de la misma unidad académica en la que está vinculada Suárez, “en mucho casos la sutileza de los detalles son las que dan las señales. A veces el mensaje es muy fuerte y puede prender las alarmas, pero no necesariamente revelan la intención del suicido”, dice Jiménez.

 

Este profesor de tiempo completo se refiere más exactamente al común ‘quisiera morirme’, que todo el mundo alguna vez ha dicho por alguna u otra razón, “pero eso no significa ‘quiero matarme’”, añade Jiménez.

 

Pese a la ligereza de la expresión, “el ‘quisiera morirme’ empieza a ser alarmante desde que se emite, pues pensar en la muerte y en qué sucederá cuando yo muera es un indicio de que se está considerando la posibilidad”, encima el también magíster en Investigación, en Desarrollo Social y en Intervención Socioeducativa.

 

Los dos educadores consideran que no es del todo cierto que toda persona con esta inclinación es alguien retraído, de poco hablar y no participativo, “aunque es lo que se espera, porque la tristeza no permite que haya un comportamiento enérgico. Incluso, la tristeza hace que no haya ni ánimo de lastimarse a sí mismo o a los demás”, sostiene Jiménez.

 

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Uno de los casos que apoya lo que piensan los entrevistados es el del actor y humorista Robin Williams, quien –presuntamente aún- se suicidó en agosto de 2014, en San Francisco-. “Nadie sabe cómo era en su intimidad; cómo reaccionaba ante los problemas y ante el estrés”, dice Jiménez y aterriza la situación en nuestro entorno “porque es precisamente el estrés otro desencadenante de este desenlace”, agrega.

 

“El vivir experiencias traumáticas desatan los suicidios por el estrés suficientemente crónico, lo que no tiene mucho que ver con la depresión, pero el saber asimilar los traumas es algo que no todo el mundo logra y este es un país que vive en un constante trauma”, indica.

 

Por otro lado, está Japón con uno de los índices más altos de muertes por suicidio, siendo un país en el que la carga de estrés –por lo menos en lo que concierne a lo económico- no es tan pesada como la que se sufre en Suramérica. En esa parte del mundo, la mayoría de quienes se autolesionan son jóvenes adultos, preparados y con una vida laboral estable, pero “sucede algo parecido a lo que ocurrió con Williams: no se muestra qué pasa con ellos en su soledad”, compara Jiménez.

 

Tanto para Suárez como para Jiménez, la falta de compañía, de comprensión y los cada vez más distantes lazos familiares en el país nipón son los tres problemas colectivos que generan este fenómeno social, que hasta producciones cinematográficas han inspirado, como The Forest, basada en el Aokigahara, el famoso bosque de los suicidios ubicado al suroccidente de Tokio.

 

Lo mismo podría decirse de Suecia y Dinamarca, lugares más conocidos por la amabilidad de su gente, su calidad de vida y el nivel de felicidad del que siempre se ha alardeado desde Escandinavia.

 

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Quién lo creyera.

Es sorprendente saber que, en Colombia, los hombres se suicidan más que las mujeres y la razón tal vez es que “son ellas –por su instinto materno y protector- las que se toman más en serio la responsabilidad de cuidar a quienes viven a su alrededor, lo que las hace más estoicas frente a las presiones”, opina Suárez.

 

La decisión de quitarse la vida en ellos se puede deber no tanto a la mayor impulsividad, pues podría considerarse de ese modo por la naturaleza masculina. Sin embargo, hay estudios que empiezan a fortalecer la idea de que estos tienen menores habilidades para adaptarse emocionalmente a las situaciones sociales. También se ha venido comprobando que el suicidio no necesariamente ocurre en situaciones de impulsividad, pues “muchos de estos son premeditados, calculados, planeados”, informa Suárez.

 

Jiménez no descarta del todo que la depresión sea una de las mayores causas del suicidio, tampoco le atribuye este efecto a la esquizofrenia, pues “hablar del suicidio en este caso es pensar que es algo característico de tal trastorno, pero el suicidio va más allá de la autolesión que puede cometer una persona que la padece. Hay que tener en cuenta que la mayoría en muchas ocasiones se da en situaciones asociadas a otros trastornos y estados emocionales”, aclara.

 

Lo anterior “evoca a la clásica escena de quien la sufre y está recluido en un hospital psiquiátrico, maniatado con camisa de fuerza, para que no se haga daño a sí mismo ni a los demás”, relaciona Jiménez, pero en muchos de los casos registrados, los protagonistas no fueron quienes padecen de esta enfermedad, sino gente que aparentemente estaba en mejores condiciones mentales y vivía alegre.

 

Si hablar de chocolate es mencionar un estimulante de la serotonina, dopamina y otras hormonas que producen sensación de bienestar, es factible que haya comestibles que fomenten el no sentirse bien y que generan también actitudes o pensamientos suicidas, aunque “no se trata de lo que se come sino de situaciones que hacen llegar a esas conclusiones”, insiste Jiménez.

 

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Debido a lo anterior, identificar un tratamiento que involucre la ingesta de drogas que puedan solucionar el problema no representa una alternativa tan efectiva, “sino más bien hablar del problema, de qué es lo que hace creer que se resolverá con el suicidio y no evadirlo, maquillándolo con la intención de pensar que todo está bien”, insta el experto.

 

Respecto a las estrategias que pueden evitar algo así, es posible considerar a las líneas anti suicidio un recurso que puede servir. Incluso, “cualquier estrategia para poner en marcha e intentar sería mejor que quedarse callado, intervenir de alguna manera pero hacerlo y tratar de ahondar para evitar toda clase de auto agresión”, complementa Jiménez.

 

En cuanto al papel de los medios, Suárez les atribuye una gran responsabilidad y “va más allá de informar sobre estos casos. Hacerlo lleva a quien mantiene esa opción en mente a que empiece a ver más casos por disposición personal”, puntualiza.

 

Para ambos, lo importante es que en medio de esa información entregada a las masas, no se mencione cómo lo hizo el más reciente o el de hace dos meses, porque se le estaría revelando recursos para tal fin a quien ya lo ha pensado desde antes.

 

Suárez también cree que en circunstancias como las que se dieron con la presentadora y modelo Lina Marulanda; el de la ex Miss Venezuela, Maye Brandt, en 1982, y las de otros personajes de la vida pública –entre ellas la presentadora de la versión peruana del programa infantil Nubeluz, Mónica Santa María- que han seguido sus pasos, “algo no debió estar bien en ellos, en su interior, o les hizo falta la ayuda profesional de quienes los hubieran podido orientar en las percepciones frente a lo que les estaba sucediendo”, agrega la docente.

 

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En nuestro entorno, aquí en Uniautónoma.

Suárez afirma que, en el tiempo que lleva desempeñándose como docente en Uniautónoma, ha visto señales alarmantes en el comportamiento de uno que otro alumno, tal y como podría encontrarse en cualquier otra institución de educación superior.

 

Los dos entrevistados creen que los docentes tienen una gran responsabilidad con el trato a los jóvenes en las aulas y no solo al momento de llamar la atención o corregirlos, sino también al de poder entablar una conversación con ellos y conseguir que les puedan contar qué es que tanto les agobia.

 

A los padres, Suárez les sugiere que traten de conocer qué hacen, quiénes son sus amigos, cuáles son sus problemas, sin necesidad de llegar al control extremo sobre ellos, de manera que sea posible saber cuáles son sus problemáticas sin que se sientan acosados u obligados a contar sus intimidades.

 

Para sus compañeros, Jiménez insta a que mantengan los ojos bien abiertos para ver las señales dicientes como faltar a clase. Sobre todo, tener presente que una conversación puede evitar lo que mañana puede ser motivo de lamentaciones. JSN

 

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