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VIGILADA MINEDUCACIÓN
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¿A quién convendría que se desacreditara la U?

Lunes, 09 Octubre 2017 09:08
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Alguna vez escuché por ahí que la desinformación es la primera arma de la guerra. Y sí, aquí hay una guerra, una que un puñado de malhechores le declararon unilateralmente a nuestra comunidad, en la que la desinformación anónima y cobarde es el arma predilecta.

La difamación y los atropellos cobardes que recibimos quienes con honor y responsabilidad fungimos como directivos, evidencian que sin duda hay fuerzas oscuras empeñadas en crear una ilusión de crisis, pero que ante los incuestionables avances de la universidad en todo lo misional, no les queda opción diferente a atacar al ser humano, tomando el camino ruin y morboso de pretender mancillar el nombre de las personas que representamos la institución.

Esta estrategia, acompañada del uso irresponsable y sin duda delictivo de las plataformas digitales, son tan evidentes como previsibles, y replican las prácticas subversivas que tanto daño hicieron moral y financieramente a muchas universidades públicas en Colombia durante los años setenta. El modus operandi es viejo y conocido, lo único distinto son los medios de divulgación, ya no es el muro o el poste sino el whatsapp, y porque lo conocemos, la historia nos permite anticipar dónde acabarán sus determinadores y ejecutores: en la cárcel. Para conocer el futuro, hay que conocer el pasado (George Santayana).

Partiendo de estos antecedentes, aboquemos la pregunta con la que titulamos esta columna: ¿quién se beneficiaría del descrédito de la U? Primero que todo, una universidad son sus personas. Teniendo esto claro propongo como ejercicio dialéctico responder al revés, es decir, revisando quiénes se perjudicarían. Primero que todo, sin duda, la marca. El hecho de que el nombre de la universidad haya sido asociado en el pasado con homicidios; realidades que superaron la ficción como pasar de integrar una 'compañía' de bailes exóticos a la rectoría de la universidad, sin hablar de otros delitos y condenas asociadas a sobornos y obstrucción de la justicia gestados de la dirección de la institución, no son precisamente el tipo de historias en torno a una institución de educación superior que validen su marca.

Esta vulnerabilidad de la marca se acentúa cuando luego de casi un lustro reconstruyendo una comunidad, aquellos para quienes el progreso de la misma es un recorderis de su propio fracaso y transgresiones, apelan a la estrategia del desprestigio de la marca y sus ejecutivos para pretender debilitarla. De esta manera, lo que persiguen es la asociación inconsciente entre la marca y una prefabricada percepción problemática, crítica, de conflicto perenne. Cuando se fabrican estas percepciones, lo que buscan es instalar en el imaginario que en lo que en cualquier otra organización sería una cotidiana o coyuntural situación de índole laboral, de mantenimiento o de relaciones públicas, los enemigos de la universidad tratan de trastocarlo en un problema casi épico, para generar la sensación entre incautos de que cualquier ventorrillo es un huracán que pudiera comprometer la mera existencia de una institución cada vez mas prestigiada y con la solidez de medio siglo de existencia. Estrategia de timadores, pero en últimas previsible, luego, inocua.

Cuando se resiente la marca uno de los mayores perjudicados es el equivalente al cliente externo en una empresa del sector productivo, en nuestro caso, el estudiante. En teoría este es el primero que podría sentir el desestímulo a matricularse, y si ya lo está, automáticamente sentirse inferior frente a los pares de otras instituciones cuando al abrir sus redes sociales se encuentra a un NN que recién se inventó un sindicato hace dos meses despotricando de su Alma Mater; al tiempo, le llega un WhatsApp con afirmaciones insultantes de un numero desconocido. Menos mal la calidad de nuestros muchachos reflejada en el desempeño histórico ascendente en pruebas SaberPro, el crecimiento exponencial de los semilleros de investigación, la mejor calidad de las practicas didácticas, las iniciativas de internacionalización y la efectividad de los programas de nivelación y permanencia estudiantil, hacen que nuestros alumnos sean cada vez mas informados y analíticos, por lo que literalmente, no tragan entero. De no ser por estas fortalezas cognitivas y de carácter de nuestros estudiantes, los mismos quedarían expuestos a ser instrumentalizados y afectados en su autoestima.

Perderían también el funcionario y el docente, porque se les estigmatizaría, quedando a expensas de un mercado laboral que los vería como prototipos de un empleador propenso al drama, donde cualquier situación laboral termina dirimida en los medios masivos de comunicación o en los tribunales. Nadie quiere contratar funcionarios con esa pobre cultura corporativa, siempre se tendería a presumir que vienen de una institución donde no se distingue la gente buena de los tóxicos, donde los doctorados no son en ciencias o humanidades sino en chismes, en redactar pasquines, quejas, patinar despachos públicos y en fin, cualquier cosa con tal de proteger ese único y preciado activo en su curriculum y vacía existencia: un fuero.

Menos evidente pero igual de oneroso sería el costo que pagaría el egresado. Si bien en materia de acceso al mercado laboral el mayor costo del desprestigio inflingido lo pagarían quienes recién entran al mismo por ser estigmatizados y menospreciados, no es menos cierto que quienes ya se han hecho una carrera y construido su progreso, no podrían dejar de resentir que el nombre de su alma mater fuera cuestionado desde el anonimato, por francotiradores sin nombres y apellidos, en especial, cuando los últimos cuatro años han permitido recuperar la fe y el orgullo, con ocasión de realidades, evidencias y logros de una administración proba y efectiva, tal y como lo validan todos los ránkings e indicadores.

La lista de grupos de interés que perderían con el manto de injurias con el que han pretendido arropar la institución es interminable, ya que incluye padres de familias, el sistema mismo de educacion superior, y obviamente, las víctimas inocentes en que serían convertidas las familias de los directivos y funcionarios que con perseverancia, experticia y sacrificios han permitido que la universidad haya avanzado de manera tan espectacular en estos cuatro años.

Entonces, con pleno conocimiento de quienes perderían, ¿quiénes ganarían? Así como en la tragedia y el caos no hay ganadores, prefabricar percepciones negativas en torno a una universidad no puede beneficiar a ningún actor legal de la sociedad, pero, no es menos cierto que en un mundo como el nuestro donde la decencia languidece, hay actores carentes de cualquier marco ético o moral para los cuales, el sufrimiento ajeno es motivo de placer, de satisfacción. Si bien esta clase de sentimientos pueden exteriorizar algún tipo de patología que describa a un sicópata o un sociópata, la realidad es que mas allá de las motivaciones ruines de quien las profesa, la evidencia indica que los únicos beneficiados con un eventual desprestigio de la Autónoma de hoy, serían aquellos que causaron la crisis del ayer. Un escándalo, un cuestionamiento o cualquier situación que se presente como problemática, es vivida en la perversidad de estas mentes como un triunfo, ya que en su imaginario enfermo sentirían que ya no están solos (o solas), que sus transgresiones de hace unos años ya no les son exclusivas, algo así como, "a mí no me cuestionen, que aquí todos somos bandidos".

Craso error cometen, cuan equivocados están. No solo todos saben -como en la canción de Shakira- '¿Dónde están los ladrones?', sino que es elemental que lo que comienza y se hace bien y de buena fe, termina bien. Refundar, reconstruir y consolidar esta institución le ha costado a esta comunidad el sudor y las lágrimas a las que se refiriera Churchill (ojalá nunca la sangre), pero la fuerza de la verdad, del trabajo bien hecho, de la perseverancia para mejorar y avanzar, son insumos que ningún pasquín o matoneo digital podrán doblegar.

Para nosotros esto es una misión de vida. Igual que cuando llegamos en 2013 y los baños eran letrinas; jurisprudencia y la clínica jurídica funcionaban en inmuebles arrendados por quien lideró el desfalco de la Autónoma por más de 100 millones de pesos mensuales; sufriendo la pantalla de una tercerización para la prestación del inglés que le extraía nueve mil millones de pesos anuales a la institución; pagando varios cientos de millones por tercerizaciones de los grupos folclóricos, otros arriendos, sueldos de futbolistas, autopréstamos, y en fin, una orgia de desdeño y corrupción que descubrimos, denunciamos y en buena hora el gobierno y la justicia sancionaron. Imposible dejar de recordar las prácticas de corrupción privada que hoy escandalizan al país pero que cuando por una década minaron nuestra institución todos callaron. Nosotros lo hicimos solos, enfrentamos y denunciamos a los bandidos, no temimos, ni nos arrepentimos, y bien valió la pena, por eso, seguimos en la lucha cada vez más motivados y optimistas.

Mas allá de las coyunturas de corto plazo y las desinformaciones prefabricadas, hay soluciones y directrices técnicas y definitivas en curso que consolidarán nuestra gestión académica y financiera, pero si se trata de entender la raíz de nuestras afugias, ahí es donde están nuestros salarios atrasados, esa es la causa efectiva de nuestras dificultades, en la defraudación sin precedentes de que fuimos víctimas por la pasada administración y que no tiene precedente en Colombia, por lo mismo que hoy cooptan actores internos para que nos ataquen y en su pequeñez, sentirse reconfortados con nuestras dificultades.

Las bajas pasiones son tan humanas como las buenas, pero entre las buenas, están el carácter, la honorabilidad, logros y realidades de vida, las que hacen que la mayoría vivamos, oremos y perseveremos por el bien de la institución y de nuestras familias. Pero no podemos ignorar que para que haya luz debe existir oscuridad, luego, al tiempo que la mayoría trabajamos, un puñado de almas corroídas por la maldad se arrastran en la ponzoña de sus carencias y envidias con el único objetivo de expeler el hedor de sus odios y frustraciones sobre nosotros.

Lo sabemos, los conocemos y los estamos esperando; pero muy tranquilos, porque conocemos la historia sabemos que el bien siempre reina sobre el mal.

 

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