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VIGILADA MINEDUCACIÓN
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Misión UAC, formar ciudadanos idóneos e integrales

Lunes, 18 Septiembre 2017 16:52
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Platón decía que el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en buen ciudadano. Igual pensaba Don Bosco, un humilde sacerdote italiano que fundó la Pía Comunidad Salesiana para formar “buenos cristianos y honestos ciudadanos”. Me imagino que fueron estas frases inspiradoras para el doctor Mario Ceballos y otros adalides de la educación superior de Barranquilla, entre ellos el doctor Eduardo Vargas Osorio, quienes hace precisamente cincuenta años se dieron a la tarea de preparar muchachos de clase media y baja que no encontraban oportunidad de formarse profesionalmente de acuerdo a su vocación, ya porque los cupos de la universidad oficial no alcanzaban y porque las carreras que querían seguir no se ofrecían en la ciudad, que en los años sesenta del siglo pasado entraba en tal crisis de moral pública que requería más y mejores profesionales idóneos e integrales, verdaderos líderes para reorientar a la urbe hacia el progreso.

Hoy, como dice el actual rector Ramsés Vargas Lamadrid con todo acierto, en casi cada residencia de la ciudad hay un diploma colgado de la Universidad Autónoma del Caribe, y la mía no es la excepción.

De mis tantos años, más de la mitad los he vivido en mi Alma Mater. Y los que no, uno porque mis tiempos anteriores fueron de educación básica y media, otro porque mi ejercicio profesional y mi vocación de servicio público (ambos aprendidos en la Universidad Autónoma del Caribe) me llevaron a otras instancias, funciones cumplidas a cabalidad con destreza y honradez.

Desde el primer edificio de la carrera 46 hasta la nueva fachada de la calle 90 y la acogedora plazoleta que nos da un aire de encuentro y afecto, he visto crecer a mi Universidad que, a pesar de la perturbación administrativa de la rectoría anterior (trance ya superado), con espíritu resiliente se empeña en ubicarse entre las mejores del país, y de seguro que lo logrará con el esfuerzo de quienes la queremos como a nuestra madre protectora.

Y lo más bonito es que nos sentimos una familia, cada uno aportando de lo suyo, desde el vigilante que nos atiende con un saludo ameno cuando ingresamos cada día, hasta el rector que igual gestiona en su oficina o en pasillos y aulas. Lo mismo hacen directivos, docentes y administrativos para que el sector estudiantil se sienta en su hogar, en un ambiente académico amable y acogedor, porque más tiempo duran los muchachos en la Universidad que en sus propias casas, saquemos cuentas, ya que, incluso, fuera del claustro se localizan con sus compañeros de manera física o virtual.

En lo particular, durante los cuatro años que llevo como decano de la FCSH, he encontrado gran respaldo tanto de mis superiores como de mis pares y cuerpo docente, así como del personal de apoyo, construyendo una sublime dependencia que es parte del corpus superior, haciendo honor a las relaciones sociales y humanas con buen trato y preparación constante, procurando no estacionarse en zona de confort porque la educación es una dinámica viva y transformadora, y porque a esta institución que nos da vida hay que defenderla de agresores desalmados que acechan cual demonio en la oscuridad.

El esfuerzo del educador no culmina nunca, porque cada vez vienen generaciones nuevas en escenarios renovados, y el trofeo es, más allá del título universitario, ese profesional que sobresale en la sociedad como buen ciudadano, ese egregio egresado que con orgullo señalamos: “ése fue alumno mío”, y el anhelo es que de todos digamos lo mismo. Así se hace una Universidad grande y digna, una universidad, ante todo, humanista, que genere conocimiento, transfiera y motive la apropiación del mismo, motor altruista de la Ciudad y la región, como soñaron nuestros fundadores.

 

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